Sin esperar nada más, sin importarme
el tiempo, las horas, la maldita llamada del sueño.
Ahí me quedé. Sentado en un banco
iluminado por la farola esperando lo imposible, esperando nada.
Dándome cabezazos para despertar de esa horrible pesadilla. Otra vez
no podía ser. Se estaban burlando de mí.
Que va. Era la realidad, que había
venido de nuevo a verme. A decirme que ésta vez no.
Que tenía que reconocer lo sucedido y
levantarme de allí e irme a casa.
Y es que cuando conoces a personas así,
te das cuenta del resto de personas que conoces con un interior
vacío, hueco, sin nada que ofrecerte, sin nada de lo que puedas
aprender de ellas. Que pueden ser maravillosas, sí, pero no llegan a
aportarte nada nuevo.
Ahora toca separar caminos. Es duro
pensarlo, pero es así. Que rápido ha pasado todo. Joder.
No se me olvidará el calor de tus
manos, de tu cuerpo, ni tu sonrisa, ni tu risa, ni ese sentido del
humor, ni tu forma de entender las cosas y de ver la vida de esa
misma forma que tú y yo sabemos.
Hoy me toca acabar con un poema de
Pablo Neruda.
“Queda prohibido echar a alguien de menos sin alegrarte, olvidar sus ojos, su risa,
todo porque sus caminos han dejado de abrazarse,
olvidar su pasado y pagarlo con su presente"
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